Regalos

Observando los libros que he adquirido a lo largo de mi vida, caí en la cuenta de que solo conservo uno de mis libros de la infancia, no es que fueran muchos, pero tenía unos cinco muy bonitos y que yo amaba mucho. No los amaba por sus palabras, ni por sus preciosas ilustraciones, los amaba porque mamá me los había comprado con mucho esfuerzo y cariño con don Alfonsito, el ropavejero de la esquina.
Mamá contaba solamente con un librito de poemas que mi tía favorita le regaló en un cumpleaños, el cual leía una y otra vez en silencio y en voz alta. Resuena en mi cabeza cuando hay mucho silencio : «Cultivo una rosa blanca, en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca…» y «Verde que te quiero verde. Verde viento. verdes ramas…»
Mamá buscaba por todos los medios acercarme a la literatura, compartirme eso que era su consuelo, su alegría, su paz, pero no contaba con mucho dinero para comprarme más libros. Lo que no sabía era que la abuela observaba y escuchaba en silencio..
Una Navidad, la abuela me sorprendió con dos libros bellísimos: uno de cuentos y actividades que completé y luego se perdió con el tiempo y el maravilloso «Nuevas Rosas de la Infancia» de María Enriqueta Camarillo y Roa. Este libro estaba lleno de cuentos de la autora, fábulas clásicas, poemas de los grandes autores y unas ilustraciones muy sencillas pero bellas.
Al abrirlos, la abuela me contó que me lo regaló porque ella tuvo uno así cuando era niña y deseaba mucho que también yo lo tuviera porque esos cuentos le hacían olvidar un rato el cuidado de sus hermanitos, el mecapal de leña que había que traer del monte y las muchas tortillas por tortear. Mamá y abuela querían compartirme su refugio, un refugio en donde todos caben, uno atemporal y sin espacio físico al cual puedo recurrir siempre que quiera.















