Estoy hasta el gorro de trabajo, no he parado, pero quiero tomarme mi tiempo y presumir que esta semana ha sido mi gran triunfo en cuanto a la lectura en voz alta. Según yo, es mi mayor fortaleza en esto de la promoción de la lectura. Y aunque no me gusta mucho trabajar con niñeces, esta semana tocó hacerlo. Es un auditorio complejo: si lees mal, los pierdes, se te van, se aburren y hablan. Sé que hay niñ@s que necesitan moverse y comentar la lectura, lo tengo claro, pero también se nota cuando realmente están escuchando, aunque no lo parezca en su comportamiento.

El punto es que esta semana ha sido especialmente significativas. En un par de grupos logré el sueño dorado: ser la Aidan Chambers chilanga perdida en Yucatán. Conseguí que un grupo de personitas con pensamiento tan barroco, como es el de las y los niños, hiciera conexiones, que citaran otros libros u otras historias, caricaturas, películas, que además lo ligaran con su vida, que hicieran comentarios y preguntas concretas dentro del marco de la historia compartida. Es el sueño chamberciano de quienes nos dedicamos a esto.

Y como plus, justo cuando terminé de leer una historia sobre un ratón poeta, me aplaudieron. Y en el momento de la conversación me dijeron que el arte sí sirve, que los poetas y los artistas sí sirven para hacer felices a las personas. Listo. Yo ya me siento graduada en esta onda de la lectura. ¡Y no fue solo un grupo, fueron dos! Mismo cuento, mismas frases y conclusiones, mismo ejercicio dialógico. Y los dos aplaudieron (perdon por la presumida).

Y entonces, la querida Ana Sánchez resume todo en un pie de foto:

«Lectura en salones de 3er grado. Con aplausos de los niños al final de la lectura.»

Mejor forma de describirlo, imposible. Porque no fui solo yo. Grisel le atinó al libro, pero detrás de esos aplausos hay un montón de trabajo. Somos todo un grupo de formadores, ahora si un gran equipo de formadores, y voluntari@s que llevamos año y medio haciendo una pequeña diferencia.

Ese aplauso, esas frases y conclusiones contundentes, hasta la terquedad de algun@s niñ@s de ligar a un ratón con una rata (Ratatouille), y además preguntarse si su testarudez tiene base científica con una pregunta tan simple como:

«¿Pero qué diferencia hay entre un ratón y una rata?»

Nadie intervino en el tren de pensamiento de esa niña. Y las respuestas vinieron de su mismo grupo. Yo solo redondeé las ideas con una frase a modo de resumen. Pensamiento crítico, comprensión lectora, análisis de texto… todo gracias a mucho trabajo y un ratón.

Este momento se repitió en dos grupos de tercer grado en un solo día. Y salí tan convencida de que estos dos grupos, junto con aquel lector—ese que hace más de una década me dijo:

«Leer es como… como el agua. La sientes, te refresca, pero no la puedes retener.»

Ese lector, que ahora devora libros, y esta sesentena de morrit@s me han hecho ver que, con todo lo bueno y lo malo, mi ego está por las nubes. Y aunque estoy presionada y cansada, mis compañer@s de equipo, l@s voluntari@s y todo lo que «Palabras Mariposas» significa, incluso con toda la carga administrativa que a veces pesa demasiado… valen cada desvelo, mal rato, cada contrariedad.

Hace unos días me cuestioné si este era el trabajo de mis sueños. Ahora puedo volver a decir que sí.

La promoción de la lectura para las infancias solo funciona si trabajamos CON SUS ADULTOS, ADULTOS CÓMPLICES, no es necesario que sean de la familia, solo que sean aliados honestos para est@s pequeños potenciales lectores. Primero l@s adult@s responsables de niñeces que necesitan recuperar a su niño o niña lector/a. Ese es el camino. Y llevo años diciéndolo. Es fascinante ver que no estoy tan perdida.

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