Son las seis de la tarde y está oscureciendo. Todo el regimiento de chamacos estamos jugando «busca, busca», pero somos tantos que el niño que nos tiene que buscar tarda mucho en encontrarnos y, pata cuando ya casi nos encuentra a todos, llega el chistoso que salva a todos diciendo: ¡1,2,3, base para todos mis amigos!

Ya llevo un buen rato escondida bajo la mata de flor de mayo de la casa de mis abuelitos. Es un buen escondite porque hay un montículo de piedras que servirán para el cimiento de una construcción, ayudando también a una mata de jazmín inmensa llena de flores blancas que huelen a cielo, entrelazándose con los ramos de flores moradas que se mezclan con las hojas anchas y espesas de la flor de mayo.

Desde una ventana del cuarto de mis abuelitos, está mirando mi tía Licha. Esa niña es requetemala. Sonríe y me grita – ¡El que juega «busca, busca» de noche, viene el diablo y lo asusta! –
– ¡Cállate! – Le grito
– Es verdad – continúa diciéndome – Yo conocí un niño que jugó en la noche este juego y de repente le agarraron sus hombros, y al voltear era el diablo que le decía: ¡Yo te busco y te asusto! –
– ¡Cállate chimuela! – Le volví a gritar – ¡Y no tengo miedo a nada, los monstruos y espantos no existen! Además, si haces una cruz con tus dedos, corre despavorido- Bueno, eso me dijo Concha, la niña de enfrente.
– ¡No es cierto! Sigue jugando y verás que se te asoma.

¿Cómo puede existir una chamaca tan requetemala, fea y chimuela en este mundo? Bueno, en fin, si no me encuentra el buscador en dos minutos más me voy, ay me fastidió la espera.

De repente sentí en la espalda un cosquilleo horrible, como unos dedos que se deslizaban en mis hombros y en mi cuello. ¡Qué horror, de seguro es el diablo que me está tocando! Sacudí mis hombros: eran espantosísimos, repugnantes. Unos gusanos gigantes, enormes, con rayas verdes y negras, patas, nariz, colita roja y, aún peor, tenían una antena en su cabeza como un gancho para ropa. Quise escapar, pero estaban en todas partes. En el jazmín, en las rocas, en mis pies y en toda la mata de flor de mayo. Se arrastraban hacia mí como si quisieran comerme incorporando su largo cuerpo haciendo que pareciera que se paraban en dos patas.

Sentí que iba a desmayarme porque nunca había visto unos gusanos tan horribles, que midieran el mismo tamaño que mis manos.

Salí corriendo despavorida de mi escondite, chillando como perico, jalándome los cabellos como loca, directo a mi casa.
Mi tía Licha desde su ventana sonrió y dijo: El que juega «busca, busca» viene el diablo y lo asusta.

Cuando crecí volví a ver a tales seres infernales, pero ya sabía que no eran gusanos del averno, sino orugas que se alimentaban de las hojas de la flor de mayo. Se volvían capullos y después mariposas hermosas. Pero aún hoy les tengo mucho miedo a los «gusanos» multicolor de la flor de mayo.

Linda Canto


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